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La sexualidad en los adolescentes

Desde nuestro nacimiento somos seres sexuales y la expresión sexual es una necesidad humana básica durante toda la vida.  La expresión sexual es un componente esencial del desarrollo humano saludable para las personas de todas las edades (Freud; Maslow et al., citado en Zimbardo, 1992; Tobias & Ricer, 1998).  La mayoría reconoce este hecho: 63 % de los norteamericanos creen que la exploración sexual entre los jóvenes es una parte natural del crecimiento (SIECUS, 1999).  En efecto, se considera que la transición de la niñez a una adultez sexual saludable es uno de los procesos más importantes de la adolescencia (Berman & Hein, 1999).  Un patrón de conducta común en Estados Unidos es la iniciación de las relaciones sexuales durante la adolescencia (Singh & Darroch, 1999), y esto no es de ninguna manera reciente, las relaciones prematrimoniales entre los jóvenes, incluyendo muchos adolescentes, ya era común mucho antes de la Segunda Guerra Mundial (Laumann et al., 1994).

Sin embargo, en las últimas décadas, muchos de los eventos con los que definimos a la adultez, como el trabajo de tiempo completo, la independencia económica, la formación de parejas íntimas o el matrimonio y la reproducción, se producen a edades más tardías en comparación con generaciones anteriores, en tanto la pubertad comienza más temprano (AGI, 1994).  La edad promedio de la menarca ha descendido considerablemente en el último siglo, en 1840 era 16,5 años y a principios de la década de 1990 era de 12,8 años (Herman-Giddens et al., 1997; Rees, 1993), lo que significa que las mujeres adolescentes que se inician en sus experiencias sexuales tienen más probabilidades de quedar embarazadas a una menor edad.

A diferencia de sus predecesores, para los jóvenes de hoy transcurre más tiempo entre el inicio de la pubertad, la fertilidad y la intensificación de los sentimientos sexuales por un lado y el matrimonio y la independencia económica por otro.  Como resultado, los jóvenes tienen relaciones sexuales mucho más temprano y hay un mayor porcentaje de adolescentes sexualmente experimentados en todas las edades, un mayor número de relaciones sexuales antes del matrimonio y un mayor número de parejas sexuales antes del matrimonio (AGI, 1994; Kirby, 1997).  Las tasas cada vez más altas de embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual (STI) entre los adolescentes hace necesario, entre otras cosas, que entendamos e identifiquemos los factores que se asocian con la iniciación sexual temprana o tardía (Rosenthal et al., 1999) y que proporcionemos a todos los niños y adolescentes programas de educación sexual y de prevención de riesgos que sean responsables, apropiados para cada edad, amplios y médicamente correctos.  El enfoque educativo así como el de las intervenciones debe ser realista, lo que significa que los programas y los planes de estudio deben dar cuenta de la realidad sobre la sexualidad adolescente y no deben basarse sólo en la abstinencia.

En general, el sexo, la edad, la condición socioeconómica, la atmósfera familiar, la orientación sexual, la pertenencia religiosa y la experiencia individual de vida son factores que contribuyen a determinar si el o la joven serán sexualmente activos y cuándo o cómo iniciarán su actividad sexual.  Es tan cierto para los adolescentes como para los adultos que la expresión sexual puede ser positiva o negativa dependiendo del contexto.  Los niños criados en ambientes sexualmente negativos pueden encontrar más dificultades para tener experiencias sexuales positivas.  Se pueden producir serios daños cuando una persona fuerza a otra a tener relaciones sexuales o cuando se utiliza el sexo como forma de maltrato o de control.  Sin embargo, cuando se lo practica de forma voluntaria, segura y responsable, el sexo puede ser una fuente no sólo de placer sino también de intimidad saludable y de apego entre dos personas.  Sabemos que en los últimos años de la adolescencia (entre los 17 y los 21 años) se pueden establecer relaciones íntimas de cariño mutuo basadas en la confianza, en la comprensión de las responsabilidades y consecuencias del sexo y en la capacidad para tomar decisiones responsables (AGI, 1994; Tobias & Ricer, 1998; Yarber & Greer, 1986).

También sabemos que algunos adolescentes llegan a tener relaciones sexuales cuando lo que realmente buscan es satisfacer la necesidad de auto estima, aliviar la sensación de soledad, cumplir con las expectativas sociales de lo que significa ser "masculino" o "femenina", expresar la ira o escapar del aburrimiento.  Durante la adolescencia y durante toda la vida se puede utilizar el sexo como una forma de expresar y satisfacer necesidades de otra naturaleza.  Sin embargo, el sexo utilizado en este sentido puede no satisfacer estas necesidades y como sociedad tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros jóvenes sobre este aspecto tan humano de la expresión sexual (Hajcak & Garwood, 1988).

Vivimos en un mundo saturado de imágenes y mensajes sobre sexo que provienen del cine, las revistas, las grabaciones, los programas de televisión y los avisos publicitarios que venden desde jabón hasta automóviles deportivos.  También los líderes políticos y religiosos tienen mucho para decir sobre el sexo.  Los adolescentes están expuestos a muchos mensajes contradictorios que pueden ayudarlos o confundirlos mientras aprenden a tomar decisiones sanas sobre la conducta sexual.

Uno de los mensajes más confusos y destructivos, que pone en peligro la salud y la vida del adolescente durante esta era del SIDA, proviene de una minoría que trata de suprimir o decididamente ignorar las verdades sobre la actividad sexual entre los adolescentes en Estados Unidos.  Con el pretexto de proteger a nuestros jóvenes declaran, en forma inexacta, que el sexo prematrimonial entre los adolescente es un fenómeno relativamente nuevo que refleja corrupción social.  No se contentan con predicar los beneficios de demorar el inicio de las relaciones sexuales como un elemento necesario para un programa de educación sexual razonable, responsable y médicamente adecuado.  Sino que además dicen que la sociedad no debería tolerar las relaciones sexuales entre los adolescentes.  Sostienen que si se ofreciera algún tipo de educación sexual en las escuelas públicas, el único programa aceptable sería uno que proponga la abstinencia y la postergación de la actividad sexual hasta el momento del matrimonio y que además retenga en forma activa la información sobre cómo prevenir embarazos y enfermedades de transmisión sexual.

Planned Parenthood Federation of America considera que las sociedades saludables se caracterizan por:

  • reconocer y valorar el hecho de que somos seres sexuales durante toda la vida
  • comprender que los jóvenes necesitan comunicarse abiertamente en el hogar y en la escuela a fin de satisfacer sus necesidades de expresión sexual y cumplir con el proceso fisiológico de maduración
  • ocuparse de los factores sociales, culturales y económicos que conforman la vida de los adolescentes
  • apoyar el crecimiento y el desarrollo de los adolescentes para que lleguen a realizarse como adultos responsables, proporcionándoles educación e información médicamente correcta sobre la sexualidad

En una sociedad sana, los adolescentes pueden comenzar a aprender:

  • cómo satisfacer las necesidades no sexuales de manera positiva
  • cómo postergar el inicio de las relaciones sexuales hasta tener la madurez física, cognitiva y emocional necesaria para mantener relaciones sexuales en forma íntima
  • cómo tomar decisiones que preserven su bienestar físico y emocional cuando comienzan a explorar uno de los aspectos más básicos, placenteros y significativos  de la existencia
  • cómo evitar las conductas que impliquen riesgos de embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual cuando decidan llevar una vida sexual activa

Creemos que quienes tratan, a través de la legislación o por otros medios, de imponer la educación sexual orientada exclusivamente a la abstinencia y condenan uniformemente con supuestos “argumentos morales” toda actividad sexual adolescente y sin duda toda actividad sexual no reproductiva en cualquier edad, flaquean en sus argumentos morales al negar las realidades del desarrollo de los adolescentes, de las necesidades y conductas humanas básicas y de la expresión sexual saludable.  Su enfoque anacrónico, atemorizante y represivo sirve sólo para abandonar a los jóvenes a su suerte en uno de los momentos de sus vidas en el que tienen mayor necesidad de recibir información, educación y orientación concretas por parte de adultos interesados y comprometidos, tanto en el hogar como en la escuela, por parte de los profesionales de la salud y en todas las áreas de la vida pública.

Actividad sexual y orientación sexual entre los adolescentes

El proceso normal de desarrollo de los adolescentes se caracteriza por comenzar a independizarse de la familia y prestar más atención a la influencia de sus pares.  Esto es saludable y puede conducir a conductas positivas, especialmente cuando reciben influencias positivas de sus pares.  Los padres y otros adultos cercanos deberían orientar a los adolescentes para que desarrollen la capacidad de tomar decisiones saludables.  Esto puede representar un desafío, dado que los adolescentes se encuentran en pleno descubrimiento de su autonomía, de su cuerpo en desarrollo y de su relación con el entorno.

Durante la adolescencia pasamos por diversas etapas para poder integrar los elementos de nuestra identidad sexual y llegar a ser adultos sexualmente sanos y responsables.  Estos elementos son:

  • maduración física
  • mayor empatía con los demás
  • mayor deseo de autonomía
  • deseo de recibir orientación de los padres
  • deseo de lograr intimidad con otros
  • mayor identificación con los pares
  • mayor conciencia de la orientación sexual
  • mayor conciencia de la preferencia sexual
  • períodos de abstinencia sexual
  • períodos de experimentación sexual
  • iniciación de la primera relación sexual
  • postergación de las relaciones sexuales

En la adolescencia se presentan tres etapas evolutivas: temprana, media y tardía.  Aunque cada adolescente evoluciona a su propio ritmo, existen patrones reconocibles de cambios en la conducta y en la sexualidad que se presentan entre una etapa evolutiva y la otra (Haffner, 1995).

En la primera adolescencia (entre los 9 y 13 años en las mujeres y entre 11 y 15 en los varones), es común experimentar con las conductas sexuales, aunque no es frecuente que se practiquen relaciones sexuales, ya sean vaginales, anales u orales.  Durante esta etapa, los jóvenes adolescentes comienzan el proceso de separarse de su familia, y gradualmente reciben mayor influencia de sus pares.  Aunque los jóvenes adolescentes aplican primordialmente el pensamiento concreto y les resulta difícil imaginar consecuencias futuras, continúan valorando la guía de sus padres, especialmente en las cuestiones importantes de la vida (Haffner, 1995).

En la adolescencia media (entre los 13 y los 16 años las mujeres y entre los 14 y los 17 los varones) comienza a desarrollarse la capacidad del pensamiento abstracto.  Aumenta la separación de la familia y el deseo de ser aceptado por los pares puede tener una gran influencia en la conducta.  La experimentación sexual es común y muchos adolescentes tienen su primera relación sexual durante esta etapa de la vida (Haffner, 1995).

En la adolescencia tardía (de los 16 en adelante en las mujeres y de los 17 en adelante en los varones) se completa el proceso de maduración física.  Muchos adolescentes adquieren en esta etapa la capacidad de comprender conceptos abstractos y muchos de ellos entienden cuáles pueden ser las consecuencias de sus acciones y conductas.  Tienen mayor necesidad de tener empatía con los demás, de dar y recibir muestras íntimas de afecto y de definir los roles adultos.  También existe mayor autonomía respecto de la familia y del grupo de pares, y la sexualidad puede estar más asociada con el compromiso y la planificación del futuro (Haffner, 1995).

Durante la adolescencia frecuentemente se adquiere conciencia sobre la orientación sexual.  En un estudio, 88,2% de los alumnos de 7º a 12º grado se describen a sí mismos como principalmente o totalmente heterosexuales, 10,7% como “inseguros” o “indagando" su orientación sexual, 0,7% como bisexuales y 0,4% como principalmente o totalmente homosexuales.  El porcentaje de alumnos que estaban “inseguros” cambiaba según la edad, descendiendo de 25,9 % en los estudiantes de 12 años a 5% en los de 18 años.

Entre los varones de 18 años, la proporción que declaró atracción por el mismo sexo y conductas homosexuales fue 6,4%, lo que se asemeja en magnitud a las proyecciones de Kinsey de 1948 (Kinsey et al., 1948) sobre homosexualidad adulta: 4% de los varones únicamente homosexuales durante toda su vida y 10% aproximadamente únicamente homosexuales durante por lo menos tres años.

En comparación con otros estudiantes, los que manifestaban estar indagando, mostraron menor tendencia a informar experiencias heterosexuales y mayor tendencia a informar atracciones bisexuales, así como fantasías homosexuales y bisexuales.  Los jóvenes varones mostraron mayor tendencia que las jóvenes mujeres a autodenominarse como principalmente o totalmente homosexuales.  Los adolescentes más adultos mostraron mayor tendencia que los más jóvenes a declarar homosexualidad o atracciones y conductas homosexuales.  La incidencia real de la bisexualidad o de la homosexualidad puede ser aun mayor que el porcentaje de estudiantes que se denominan a sí mismos de esa manera (Remafedi et al., 1992).

Diversos estudios retrospectivos publicados en 1980-81 concluyeron que si bien muchos adultos homosexuales recuerdan haberse sentido diferentes cuando niños, la mayoría de los homosexuales varones no se había podido identificar como homosexual hasta los últimos años de su adolescencia y las lesbianas no habían comenzado a pensar que podían ser homosexuales hasta los 18 años en promedio (Haffner, 1995). No obstante, un estudio reciente no retrospectivo de jóvenes lesbianas, homosexuales varones y bisexuales de entre 14 y 21 años, llegó a conclusiones diferentes: la edad promedio en la que las jóvenes tenían certeza de ser lesbianas era 15,9 años y en los varones 14,6 años.  La mayoría de los jóvenes de este estudio tenía antecedentes de actividad sexual con ambos sexos, 88% de las mujeres y 95% de los varones indicó actividad sexual con parejas del mismo sexo, y 80% de las mujeres y 56% de los varones indicó actividad heterosexual.  En comparación con las mujeres bisexuales que participaron de este estudio, las lesbianas tenían una cantidad considerablemente mayor de parejas femeninas y una menor cantidad de parejas masculinas, y los varones homosexuales no indicaron prácticamente parejas femeninas en tanto los hombres bisexuales informaron aproximadamente tres parejas femeninas (Rosario et al., 1996).

Porcentaje de adolescentes sexualmente activos

En todas las culturas del mundo es normal que las personas comiencen a tener relaciones sexuales a medida que crecen.  Las normas culturales cambian en distintas partes del mundo y es frecuente encontrar dentro de una misma comunidad una gran variedad de actitudes respecto de las conductas sexuales de los adolescentes, desde rígidamente represivas hasta abiertamente liberales.  En Estados Unidos no hay una edad establecida a nivel nacional para el consentimiento en las relaciones sexuales, los estados tienen diversas normas sobre la legalidad de las conductas sexuales y las actitudes varían de hogar en hogar.

La probabilidad de tener relaciones sexuales aumenta junto con la edad.  En efecto, entre los adolescentes menores son muy pocos los que tienen experiencia sexual en este sentido y prácticamente un 20% de los adolescentes no tienen relaciones sexuales antes de cumplir 20 (AGI, 1994).

En 1990, 1991, 1993 y 1995, 53% a 54% de los estudiantes de 9º a 12º grado habían tenido relaciones sexuales.  Sin embargo, en 1999 sólo 44,9% de los estudiantes de escuela secundaria manifestaron haber tenido relaciones sexuales (CDC, 2000; Warren et al., 1998).

Otros estudios que compararon las tasas de actividad sexual de los alumnos de 9º a 12º grado durante el período 1990-1995 con las de 1999, llegaron a las siguientes conclusiones:

  • Para el período 1990-1995, un mayor porcentaje de varones que de mujeres había tenido relaciones sexuales, 56,9% (varones) comparado con 50,3% (mujeres).  Los mismos datos se confirmaron para el año 1999, pero los porcentajes por sexo eran levemente más similares y más bajos.  Un 52,2% de los varones y un 47,7% de las mujeres ya habían tenido experiencias sexuales.
  • En el período 1990–1995, la media de edad en la primera relación sexual fue 16,5 años.
  • En 1999, 38,6% de los alumnos de 9º grado, 46,8% de los alumnos de 10º grado, 52,5% de los alumnos de 11º grado y 64,9 % de los alumnos de 12º grado habían tenido relaciones sexuales.
  • En el período 1990–1995, 23,3% de los varones y 13,8% de las mujeres manifestaron haber tenido cuatro parejas sexuales o más.  En 1999, el porcentaje bajó a 19,3 % entre los varones y 13,1% entre las mujeres (CDC, 2000; Warren et al., 1998).
  • En 1990 una encuesta nacional de jóvenes de entre 12 y 17 años determinó que entre los que decían ser sexualmente experimentados, las relaciones sexuales eran circunstanciales.  Cuando se les preguntó cuántas veces en su vida habían tenido relaciones sexuales, los varones repondieron frecuencias levemente mayores que las mujeres, pero las diferencias eran pequeñas y no estadísticamente significativas (un promedio de 17,2 veces en los varones y 14,2 veces en las mujeres).  En lo que respecta a cuántas veces tuvieron relaciones sexuales en el año anterior a la encuesta, 86,7 % de las jóvenes sexualmente experimentadas indicaron un promedio de 11,3 veces y 90,4% de los varones sexualmente experimentados informaron un promedio de 10,2 veces.  En el mes anterior a la encuesta, 63,4% de las jóvenes sexualmente activas informaron haber mantenido relaciones sexuales 3,5 veces en promedio y 58,1% de los varones 4,6 veces en promedio (Leigh et al., 1994).
  • La proporción de mujeres adolescentes de 15-19 años que habían mantenido relaciones sexuales aumentó de 46,9% en 1982 a 52,6% en 1988 y luego disminuyó a 51,5 % en 1995.  La proporción de jóvenes sexualmente activos en el momento de la encuesta disminuyó de 43% en 1988 a 40% en 1995 (Singh & Darroch, 1999).

Conductas sexuales de los adolescentes

Cuando los jóvenes comienzan a experimentar con las relaciones sexuales, aprenden qué es lo que les resulta placentero a ellos y a sus parejas.  Pueden probar diversas conductas que deciden no repetir o descubrir otras que se incorporarán a su repertorio en la adultez.  La percepción de que “la mayoría de las personas” practica cierta actividad sexual puede influenciar la decisión de los adolescentes de experimentarla.  Las normas sexuales de una comunidad o de cierta escuela pueden afectar la variedad de experiencias sexuales que prueba un adolescente.

La mayoría de los adolescentes experimentan con una amplia variedad de conductas sexuales, desde caricias o sexo oral hasta el coito.

Una encuesta nacional realizada en 1995 a jóvenes varones de entre 15 y 19 años concluyó que:

  • más de la mitad (55%) informaron haber tenido coito vaginal
  • 53% había sido masturbado por una mujer o una joven
  • 49% había recibido sexo oral
  • 49% había realizado sexo oral
  • 11% había practicado sexo anal

La misma encuesta se había realizado en 1988 y en tanto la proporción general de jóvenes que habían practicado relaciones vaginales y sexo oral no había cambiado significativamente en 1995, la proporción de jóvenes que habían sido masturbados por una mujer o joven aumentó en gran medida, de 40 % en 1988 a 53 % en 1995 (la actividad sexual anal no se había medido en el estudio de 1988) (Gates & Sonenstein, 2000).

Una encuesta nacional telefónica a alumnos de 9º a 12º grado determinó que:

  • casi todos los estudiantes encuestados habían experimentado “besos” (90%) o “besos profundos” (78%)
  • 72% había practicado caricias por encima de la cintura y 54% caricias debajo de la cintura
  • 15% había practicado masturbación mutua
  • 55% de los de mayor edad había practicado el coito (la edad promedio en el primer coito era de poco menos que 15 años y 40% de todos los adolescentes activos habían tenido relaciones sexuales a los 14 o antes).
  • tres cuartos de los estudiantes informaron haber tenido relaciones sexuales en la casa de sus padres
    (Strasburger & Brown, 1998)

En 1984, 40% de las mujeres de 17 a 18 años había practicado felación, en tanto casi un tercio de los varones de 17 a 18 años había practicado cunnilingus.  Un 16% de los encuestados informó que el sexo oral no había sido acompañado de coito (Strasburger and Brown, 1998).  En 1999 se informó que una cantidad cada vez mayor de alumnos de las escuelas medias en el área metropolitana de Washington, D.C. practicaba sexo oral para evitar embarazos y no perder la virginidad (Stepp, 1999).

Otras encuestas y estudios, si bien no tuvieron alcance nacional, documentaron una amplia gama de conductas sexuales en los adolescentes:

  • Un estudio realizado en 1987–1989 a jóvenes mujeres y varones de 13 a 19 años de edad, concluyó que en la actividad heterosexual, 70% de las mujeres y 59% de los varones había dado sexo oral a su pareja, y 78 % de las mujeres y 79% de los varones había recibido sexo oral.  Además, 20% de las mujeres y 27% de los varones informaron por lo menos un episodio de sexo anal  heterosexual y 7% de las mujeres y varones habían tenido experiencias sexuales con compañeros del mismo sexo (Moscicki et al., 1993).
  • Una encuesta de prácticas sexuales realizada en 1975, 1986 y 1989 a mujeres estudiantes universitarias (de 17 a 30 años) de una gran universidad, determinó en forma sistemática que 87% eran sexualmente experimentadas.  Las proporciones de mujeres que practicaban relaciones anales, cunnilingus y felación no resultaron significativamente diferentes en los distintos tres años del estudio, 10,3 % en 1975, 7,5 % en 1986 y 9,1 % en 1989 habían practicado coito anal; 63,2 % en 1975, 60,9 % en 1986 y 65,2 % en 1989 habían practicado cunnilingus y 79,8 % en 1975, 78,8% en 1986 y 86,3% en 1989 habían practicado felación (DeBuono et al., 1990).
  • Una encuesta realizada en 1992 a estudiantes de 9º a 12º grado en un distrito escolar de Los Ángeles al que asistían estudiantes de diversos estratos socioeconómicos, determinó que 47% de las estudiantes eran vírgenes (nunca habían tenido relaciones sexuales vaginales heterosexuales), 53% eran mujeres adolescentes y 42% varones adolescentes.  Cuando se les preguntó a estos estudiantes vírgenes sobre la actividad sexual genital heterosexual que habían tenido durante el año anterior al de la encuesta, 29% respondió haber practicado la masturbación a su pareja, 31% informó haber sido masturbado por su pareja, 9% dijo haber practicado la felación con eyaculación, 10% manifestó haber practicado cunnilingus y 1% manifestó haber practicado coito anal (Schuster et al., 1996).
  • En otro estudio, se entrevistaron estudiantes de los primeros años de escuela secundaria, primero en 1980 y luego en 1982.  En la ronda de entrevistas de 1982, cuando muchos de los entrevistados en 1980 estaban en la escuela secundaria, se determinó que 25% de los varones vírgenes y 15% de las mujeres vírgenes habían dado o recibido sexo oral.  Entre los que eran vírgenes, el cunnilingus solo resultaba más frecuente (10% de los varones y 7% de las mujeres), que sólo la felación (2% de los varones y 2% de las mujeres) en tanto 12% de los varones vírgenes y 7% de las mujeres vírgenes habían practicado ambas actividades.  Entre los estudiantes que no eran vírgenes, 19% de los varones y 14% de las mujeres no habían practicado sexo oral; 8% de los varones y 16% de las mujeres había practicado sólo cunnilingus; 5% de los varones y 2% de las mujeres había practicado sólo felación y 69% de mujeres y varones había practicado cunnilingus y felación (Newcomer & Udry, 1985a).

Valores de los adolescentes sobre la actividad sexual

Los valores de los jóvenes son determinados por su familia, su comunidad y sus experiencias de vida.  A medida que hacen la transición del pensamiento concreto al pensamiento más abstracto, los adolescentes pueden tener creencias y valores cambiantes sobre la sexualidad y otros aspectos importantes de sus vidas.  Frecuentemente oscilan entre expectativas demasiado altas y un bajo concepto de sí mismos.  Sus juicios pueden ser maduros y de aceptación o irracionales y punitivos de un momento a otro.  El desarrollo moral no es una progresión recta y lineal, y los jóvenes pueden llegar a experimentar y expresar valores en conflicto dentro de un mismo período breve de tiempo.

Los valores de los adolescentes sobre la actividad sexual son muy variados y no siempre permiten anticipar su conducta.

  • En una encuesta realizada en 1999 a 1.038 adolescentes de entre 13 y 17 años, 19% manifestó haber tenido relaciones sexuales, 49% dijo que el sexo prematrimonial siempre está mal y 48% dijo que a veces es aceptable (Gribbin, 1999).
  • En 1994, los estudiantes de 9º a 12º grado consideraban que la edad ideal para iniciarse en las relaciones sexuales era en promedio 18,3 años, una edad considerablemente mayor que la verdadera edad promedio para iniciar las relaciones sexuales, que era 14,8 años (Strasburger & Brown, 1998).
  • En 1991, 63% de los adolescentes de entre 13 y 15 años y 65% de los de entre 16 y 17 años creía en practicar el sexo seguro, y 32% de los adolescentes de entre 13 y 15 años y 29% del grupo de 16 a 17 años creía en la abstinencia.  En general, 61% de las jóvenes y 67% de los jóvenes creía en practicar el sexo seguro, en tanto 33% de las jóvenes y 29% de los jóvenes creía en la abstinencia (Chadwick & Heaton, 1996).
  • En 1990, la abstinencia sexual era valorada por más del 50% de los alumnos de 6º y 7º grado, más de 45% de los alumnos de 8º grado, más de 30% de los alumnos de 9º grado y más de 20% de los alumnos de 10º, 11º y 12º grado (Chadwick & Heaton, 1996).

El momento y los sentimientos de la primera relación sexual

Como la mayoría de los adolescentes tiene relaciones sexuales antes de la adultez, sus percepciones sobre las conductas “normales” incluyen la actividad sexual en la adolescencia.  Con frecuencia, las primeras experiencias sexuales de los adolescentes son conflictivas.  Viven emociones intensas que pueden incluir sentimientos sexuales, románticos, íntimos y placenteros junto con sentimientos de temor, culpa o vergüenza.  Los adolescentes pueden sentirse “preparados” para las relaciones sexuales pero al mismo tiempo tener sentimientos ambivalentes sobre las condiciones específicas en las cuales se iniciarán o consentirán a la actividad sexual.  Como estos sentimientos contradictorios y la ambivalencia pueden estar presentes en la mayoría de los jóvenes antes de su primera experiencia sexual de pareja, es difícil identificar el grado de intencionalidad o consentimiento.

La edad de la primera relación sexual entre los adolescentes puede estar influenciada por muchos factores:

  • el momento de inicio de la pubertad
  • los controles sociales
  • las citas frecuentes
  • las relaciones románticas
  • la organización familiar
  • la supervisión de los padres
  • la condición económica
  • la violencia doméstica
  • el abuso sexual
  • la atracción física
  • la curiosidad sexual
  • la presión de los pares
  • la evaluación no realista de los riesgos
  • el consumo de alcohol y otras drogas
  • la percepción de la actividad sexual de los pares
  • sentir que “es el momento correcto”
  • la aprobación de la pareja
  • querer demostrar amor
  • la pérdida del auto control
  • el temor
  • la falta de preparación
  • la desaprobación social

Los varones parecen iniciarse en las relaciones sexuales antes que las mujeres, pero las mujeres los equiparan en los últimos años de la adolescencia (Leigh et al., 1994).  El momento de inicio de la pubertad tiene mucha influencia para los varones, en tanto que en el caso de las mujeres todo indica que el control social tiene mayor influencia que el inicio de la pubertad (AGI, 1994; Rosenthal et al., 1999).  Las mujeres con inclinaciones académicas, con auto estima y que tienen intereses fuera del contacto con el sexo opuesto, tales como las actividades extracurriculares en la escuela, tienden a demorar su "debut" sexual.

Los adolescentes que comienzan antes a salir o tener citas y lo hacen con mayor frecuencia, son los que se inician sexualmente más temprano.  Ser parte de una relación romántica es para las jóvenes adolescentes el factor determinante del momento de la primera relación sexual.  Otros factores importantes, que no resultan sorprendentes, son la cantidad e intensidad de relaciones románticas previas y el grado de proximidad emocional que existe en la relación romántica actual (Bearman & Bruckner, 1999).

Entre los factores significativos asociados con demorar el inicio de la actividad sexual tanto para varones como para mujeres, se encuentran las familias constituidas por ambos padres, el mayor nivel socioeconómico, la supervisión de los padres y la proximidad con los padres.  La pobreza, la violencia y la falta de supervisión de los padres son algunos de los factores asociados con el inicio temprano de la actividad sexual (AGI, 1994; Kirby, 1997; Leigh et al., 1994; Rosenthal et al., 1999). 

Las mujeres criadas desde el nacimiento por ambos padres, ya sean biológicos o adoptivos, tienen menos probabilidades de ser sexualmente activas a la edad  de las adolescentes que crecen en cualquier otra situación familiar.  Cuando cumplen 16, el 22% de las jóvenes de familias intactas y 44% de las otras jóvenes han mantenido relaciones sexuales por lo menos una vez.  Al cumplir 18 años, los porcentajes son 49% y 69% respectivamente (Moore et al., 1998).

Setenta y cuatro por ciento de las jóvenes que han tenido relaciones sexuales antes de los 14 años y 60% de las jóvenes que han tenido relaciones antes de los 15 manifestaron haberlo hecho en forma involuntaria (AGI, 1994).  Además, en tanto una cantidad considerable de jóvenes mujeres manifiesta haber tenido su primera experiencia sexual en forma voluntaria y no forzada, no siempre ha sido deseada.  La ambivalencia de las jóvenes respecto de su primera relación sexual se puso de manifiesto en un estudio de 1995.  Aproximadamente un cuarto de las mujeres de todo el país de entre 15 y 24 años de edad manifestó haber consentido a su primera relación sexual sin querer del todo que ocurriera (Abma et al., 1998).

Las mujeres y los varones que recuerdan haber tenido contacto genital con adolescentes o adultos durante la niñez tienen casi tres veces más probabilidades de tener su primer relación sexual vaginal antes de los 15 años (Laumann, 1996) que los que no tuvieron esa experiencia.

De las mujeres adolescentes que asisten a una clínica para adolescentes en una zona urbana, 41% (edad media de 14,5 años) había tenido una experiencia heterosexual mutuamente consentida.  Cincuenta y ocho por ciento tenía novio en ese momento, 31% manifestó haber tenido novio y 11% nunca había tenido novio.

Las jóvenes experimentadas, con una media de edad para la iniciación sexual de 13,2 años, tenían más probabilidades que las no experimentadas de compartir información íntima con sus novios, pasar tiempo con ellos y esperar que la relación durara más tiempo.  Sin embargo, la mayoría de las adolescentes experimentadas consideraban que habían tenido su primer experiencia sexual "demasiado temprano".  Reconocieron que no estaban preparadas para tener relaciones sexuales en ese momento, no habían evaluado los riesgos potenciales o no habían tomado buenas decisiones.  Frecuentemente manifestaron que la razón para tener su primer experiencia sexual había sido sentirse físicamente atraídas por el compañero, tener curiosidad por el sexo, haber estado solas con el novio y "simplemente ocurrió" o sentirse bien tratadas por el novio.  Algunas jóvenes manifestaron haber sentido presión por parte de sus pares y para muchas la presión provenía de que las otras adolescentes estaban teniendo relaciones (Rosenthal et al., 1997).

En otro estudio se encontraron factores similares de tipo personal y social para mujeres y varones que influyeron en la iniciación temprana de la sexualidad activa:

  • la percepción de ser físicamente más maduros que sus pares
  • el deseo prematuro o la expectativa de lograr autonomía de los padres
  • menores niveles de auto control, en el caso de las mujeres especialmente
  • el consumo de cigarrillos, alcohol y marihuana y, en el caso de los varones especialmente, drogas menos comunes como las benzodiazepinas, heroína, cocaína, inhalantes y anfetaminas (Rosenthal et al., 1999).

De los adolescentes encuestados en clínicas familiares, tanto urbanas como rurales, la edad de la primera relación sexual variaba entre 11 y 18 años, con un promedio de 14,9.  Más del 39% de los jóvenes de entre 13 y 18 años había tenido relaciones heterosexuales.  Entre los factores que determinaban el momento del debut sexual se encontraban los siguientes:

  • Un porcentaje mucho mayor de jóvenes adolescentes sexualmente activos creían que sus pares eran sexualmente activos, aunque esta percepción no fuera válida.
  • Los jóvenes de entre 13 y 14 años que creían que muchos de sus compañeros o todos eran sexualmente activos, tenían 20 veces más probabilidades de haber tenido su primer coito que los que creían que ninguno de sus amigos era sexualmente activo.
  • Los adolescentes menores de 15 años estaban con frecuencia más motivados a tener relaciones sexuales por primera vez por la curiosidad sobre el sexo, la pérdida de auto control o por querer demostrar amor y sentir que era "el momento apropiado".
  • Las razones predominantes para abstenerse de tener la primera relación eran el temor, la falta de madurez evolutiva y la desaprobación social.
  • La moral personal no resultó una gran influencia en las decisiones de demorar el momento de la primera relación sexual.
  • La razón mencionada más frecuentemente para comenzar a tener relaciones sexuales fue la decisión activa de hacerlo, en tanto que las razones para no hacerlo fueron la falta de madurez evolutiva, definida en este estudio en términos de que la joven no se siente preparada, la falta de interés y no tener novio.
  • Entre los jóvenes adolescentes que tenían menos de 15 años al momento de la primera relación sexual, 15% manifestó haber sentido presión por parte de sus pares y 8% refirió que la autoestima era la razón más importante para tener relaciones.  Estas razones fueron mencionadas con menos frecuencia como las razones más importantes para el debut sexual entre los jóvenes de más edad.  Tanto las mujeres como los varones se refirieron al hecho de tomar la decisión en forma activa, a la pérdida del auto control y la presión de los pares, aunque los varones mencionaron las últimas dos razones con mayor frecuencia.
  • Catorce por ciento de los adolescentes de mayor edad informaron que la primera vez que habían tenido relaciones se habían visto forzados a hacerlo.
  • Doce por ciento de las mujeres manifestaron que el primer coito no había sido consensual y otro 6% manifestó que lo había hecho para mejorar su autoestima.

Para las mujeres que se abstuvieron de tener su primer relación sexual, la falta de madurez evolutiva fue la razón citada con mayor frecuencia, en tanto que el temor a las enfermedades de transmisión sexual, al VIH o al embarazo fueron más citados por los varones como razón para abstenerse (Alexander & Hickner, 1997).

Un estudio orientado al rol de las normas de los pares para la iniciación sexual temprana, llevado a cabo entre alumnos de 6° grado, determinó que los que habían tenido su iniciación sexual tenían en general más edad (11,9 años versus 11,6 años), eran varones (58% versus 85%), o asistían a escuelas más pobres (87% versus 85%) y vivían en áreas con una alta proporción de familias uniparentales (45% versus 41%).  También refirieron con mayor frecuencia haberse involucrado en conductas riesgosas fuera de la sexualidad, tales como beber alcohol, participar en peleas, consumir cigarrillos o no usar casco de ciclismo.  Además, tenían mayores probabilidades de percibir una alta incidencia de iniciación sexual entre sus pares, de percibir beneficios sociales asociados con la iniciación sexual temprana y de tener amigos que se iniciaban sexualmente a una edad temprana.

El factor de predicción más importante para la iniciación sexual entre estos estudiantes de 6° grado fue ingresar a 6° grado con un alto nivel de determinación de iniciarse sexualmente, y el factor de predicción más importante de esa intención era la creencia de que la mayoría de sus amigos ya se había iniciado.  En este estudio, la diferencia en la edad media entre las mujeres y los varones sexualmente iniciados es muy escasa: 11,9 años en las mujeres y 11,8 años en los varones (Kinsman et al., 1998).

Uso de anticonceptivos

Del mismo modo que el uso de anticonceptivos se ha adoptado como norma entre la mayoría de los norteamericanos, se está adoptando como norma entre los adolescentes.  Los programas y las políticas que brindan apoyo para el uso de anticonceptivos por parte de los adolescentes y que posibilitan un mayor acceso a los servicios de salud reproductiva están marcando una gran diferencia.

El uso de anticonceptivos entre los adolescentes ha subido considerablemente desde 1982.  El uso de anticonceptivos depende de los siguientes factores:

  • edad
  • temor a los embarazos no deseados
  • temor a las enfermedades de transmisión sexual
  • en qué medida la mujer desea tener relaciones
  • actitudes positivas hacia el uso del condón
  • madurez cognitiva
  • uso de alcohol y otras drogas
  • respeto por la pareja

Dos tercios de los adolescentes en general utilizan el mismo método de anticoncepción, el condón masculino, la primera vez que tienen relaciones sexuales.  Cuanta más edad tiene el adolescente en el momento de la primera relación sexual, mayores son las probabilidades de que utilice un método anticonceptivo (AGI, 1994).

El uso de anticonceptivos entre las adolescentes mujeres durante la primera relación sexual aumentó de 48% en 1982 a 65% en 1988, mayormente a causa de la duplicación en la tasa de uso del condón.  En 1995, el uso de anticonceptivos en el primer coito voluntario entre las mujeres de 15 a 19 años aumentó a 78%, y dos tercios de ese porcentaje se adjudica al condón (AGI, 1994; Moore et al., 1998).

En 1999, 58% de los estudiantes secundarios sexualmente activos en ese momento informó que ellos o su pareja habían utilizado un condón en su última relación sexual, y 16,2 % manifestó que ellos o su pareja habían tomado píldoras anticonceptivas antes de su última relación sexual (CDC, 2000).

Las tendencias indican claramente que los adolescentes pueden aumentar el uso de condones y reducir la actividad sexual simultáneamente.  Por primera vez en décadas, la actividad sexual entre varones que nunca se casaron de entre 15 y 19 años se está nivelando, el uso del condón se ha incrementado y ha disminuido el nivel de relaciones sexuales sin protección.  Estos son hallazgos significativos que prueban que están equivocados quienes sostienen que educar a los adolescentes sobre el uso del condón y los anticonceptivos y promover el uso del condón incrementa la actividad sexual entre los adolescentes (Sonenstein et al., 1998).

Entre los varones de entre 15 y 19 años que nunca se casaron:

  • Hubo una disminución en la proporción de varones adolescentes que había tenido relaciones sexuales con mujeres, de 60% en 1988 a 55% en 1995.
  • Del grupo que era sexualmente activo,  57% en 1988 había usado condón en el último coito.  Esta proporción aumentó a 67% en 1995.
  • La proporción de adolescentes que siempre utilizaban condones durante las relaciones sexuales aumentó de 33% en 1988 a 45% en 1995, en tanto que la proporción de los que nunca utilizaban condones bajó de 18% en 1988 a 10% en 1995.
  • La proporción de los que habían tenido por lo menos una vez sexo sin protección en el último año bajó de 37% en 1988 a 27% en 1995.
  • La proporción de jóvenes sexualmente experimentados que habían mantenido abstinencia en el último año se mantuvo estable a un nivel de 6% en 1988 y 1995
    (Sonenstein et al., 1998).

Una joven cuya primera pareja es siete años mayor que ella o más, tiene menos probabilidades que otras mujeres de usar anticonceptivos en la primera relación y tiene dos veces más probabilidades de calificar a su primera relación como no deseada que aquellas cuyo compañero es de la misma edad o menor.  El porcentaje de mujeres que usa anticonceptivos en el primer coito voluntario aumenta a medida que aumentan los niveles del deseo a tener tal relación (Abma et al., 1998).

Más de dos tercios de las mujeres de 15 a 19 años informa el uso de anticonceptivos en forma constante y a largo plazo, pero este grupo tiene mayores probabilidades que las mujeres de 25 a 34 años de informar el uso esporádico de un método suficientemente efectivo y menos probabilidades de informar su uso constante.  No obstante, las mujeres adultas también usan los anticonceptivos de forma imperfecta.  Las mujeres de 20 a 24 años tienen una mayor tasa de embarazos no deseados que las mujeres de cualquier otro grupo etario y, aun entre las mujeres de 25 años o más, entre un tercio y la mitad de los embarazos son no intencionales (Glei, 1999).

El método anticonceptivo utilizado por las mujeres adolescentes con mayor frecuencia es la píldora (44%), seguida por el condón (38%).  Aproximadamente el 10% utiliza anticonceptivos inyectables, 4% el método del retiro y 3% el implante (AGI, 1999).

Aproximadamente una de cada seis mujeres adolescentes que practican la anticoncepción combinan dos métodos, generalmente el condón más otro método (Piccinino & Mosher, 1998).

Un estudio de jóvenes mujeres de 12 a 19 años que estaban recibiendo servicios de salud reproductiva en clínicas, clínicas de adolescentes, centros de atención para enfermedades de transmisión sexual o clínicas escolares, llegó a la conclusión de que el uso de condones tenía al menos una razón específica: la prevención del embarazo, la prevención de infecciones en general o la prevención del VIH en particular; y que el uso aumentaba en la medida en que aumentaba la madurez cognitiva y las actitudes positivas hacia el uso del condón.  Las mujeres que se involucraban en mayor medida en conductas riesgosas tales como el uso de drogas y alcohol o delitos menores, tenían menos probabilidades de haber utilizado condón en sus relaciones sexuales (Orr et al., 1992).

Entre los varones adolescentes, el uso del condón es generalmente mayor al comienzo de una relación y disminuye en la medida en que la relación continúa.  En 1991, la proporción de varones sexualmente activos de 17 a 22 años que había usado condón con su pareja más reciente, bajó de 53% para la primera vez que habían tenido relaciones con esa pareja a 44% para el coito más reciente.  Entre los jóvenes que habían utilizado condón la última vez que habían tenido relaciones, las principales razones que esgrimieron fueron: para prevenir el embarazo (83%), para prevenir infecciones (12%), para prevenir embarazos e infecciones (2%), o por respeto a la pareja que insistía en usarlo (3%) (Ku et al., 1994).

El uso del condón entre los varones adolescentes también disminuye con la edad.  Nuevamente, en 1991, 59% de los varones de 17 a 18 años utilizaron condón la primera vez que tuvieron relaciones con su pareja más reciente, en tanto que sólo 56% de los varones de 19 a 20 años y 46% de los de 21 a 22 años lo usaron.  No obstante, en el caso de los varones de más edad, aumentaba la posibilidad de que su compañera utilizara la píldora la primera vez que tenían relaciones: de 21% entre los jóvenes de 17 a 18 años a 35% entre los de 21 a 22 años (Ku et al., 1994).

Los esfuerzos por aumentar el acceso de los adolescentes a la anticoncepción no aumenta las tasas de actividad sexual (Kahn et al., 1999; Schuster et al., 1998; Guttmacher et al., 1997; Kirby, 1997).  A modo de ejemplo, un programa de disponibilidad de condones en una escuela secundaria de un Condado de Los Angeles County no produjo un aumento en la actividad sexual entre los estudiantes, pero sí aumentó el uso del condón entre el grupo de los adolescentes sexualmente activos.  Un año después del inicio del programa:

  • No hubo un cambio significativo en el porcentaje de estudiantes que habían tenido relaciones vaginales alguna vez o durante el último año.
  • Cincuenta por ciento de los varones que participaron en el programa utilizaron condones todas las veces que tuvieron relaciones vaginales durante el último año, en tanto sólo 37% de los varones lo hizo antes del programa.
  • Ochenta por ciento de los varones utilizaron condones durante su primera relación vaginal, 65% antes del programa.
  • Entre las mujeres, la probabilidad de utilizar un condón para la relación vaginal no cambió significativamente para aquellas que ya habían tenido coito vaginal.
  • Hubo un aumento notable en el uso de condón entre los estudiantes de ambos sexos que nunca habían tenido relaciones vaginales antes del programa, desde el 62% en el inicio hasta 90% al año de seguimiento entre los varones y desde el 73 al 94% entre las mujeres.

En general, las actitudes de los estudiantes hacia el sexo y el uso del condón permanecieron iguales que antes del programa o cambiaron en una dirección que favorecía el limitar las conductas sexuales y la mayor prevención del riesgo (Schuster et al., 1998).

Causas de las conductas sexuales de alto riesgo

Las investigaciones sobre la conducta de los jóvenes respecto de la salud indica que los patrones de conducta respecto de los riesgos sexuales y sus consecuencias son determinados por factores socioeconómicos que incluyen, entre otros elementos, el contexto del vecindario, la estructura familiar y la clase social (Ramirez-Valles, 1998).  Otros factores que determinan las conductas de alto riesgo entre los adolescentes incluyen:

  • el uso de alcohol y otras drogas
  • antecedentes de abuso sexual
  • trabajar más de 20 horas semanales
  • la falta de hogar
  • ideación suicida
  • mal desempeño académico
  • relaciones problemáticas con los padres
  • falta de participación de los padres
  • poca comunicación con los padres
  • homofobia

Los jóvenes que viven o se crían en barrios pobres inician su actividad sexual antes, indican un menor uso de anticonceptivos y tienen su primer embarazo a una edad más temprana.  Los recursos disponibles o no disponibles para los jóvenes durante su camino hacia la adultez afectan la inclinación a asumir riesgos en las relaciones sexuales.  Entre los recursos necesarios para reducir los riesgos se pueden citar: mayor acceso a empleos, apoyo a las familias uniparentales, mayor calidad de educación y mayores oportunidades de actividades comunitarias (Ramirez-Valles, 1998).

En los primeros años de la adolescencia, los que fuman, beben o utilizan drogas frecuentemente tienen mayores probabilidades que otros de tener relaciones sexuales (AGI, 1994).  Tanto en los varones como en las mujeres adolescentes, existe una fuerte asociación entre el uso de alcohol y tener múltiples parejas sexuales; y a su vez, tener múltiples parejas sexuales aumenta el riesgo de contagio de enfermedades de transmisión sexual (Santelli et al., 1998).

El inicio de las relaciones sexuales a edad temprana está asociado con tener un mayor número de parejas durante los años de la adolescencia.  En 1992, más de la mitad de los jóvenes que habían tenido su primera relación a los 15 años tuvieron por lo menos 4 parejas sexuales a los 18, en comparación con sólo 20% de los que tenían 16 o 17 años en el momento de su primera relación sexual (Laumann, 1996).

Las mujeres adolescentes que fueron víctimas de abuso sexual tienden a tener más parejas sexuales que otras adolescentes y una cantidad desproporcionada de madres adolescentes han sido víctimas de abuso sexual (Luster & Small, 1997).

Los adolescentes que trabajan 20 horas semanales o más, en 1997 esto significaba aproximadamente uno de cada cinco adolescentes, demostraron mayor riesgo de trastornos emocionales, abuso de sustancias o actividad sexual prematura (AGI, 1997).

Entre los jóvenes sin hogar o fugitivos, la actividad sexual es alta y el uso del condón es relativamente escaso (Anderson et al., 1994).

Un estudio de adolescentes de 13 a 19 años en cuatro condados rurales del oeste medio, examinó los factores que distinguían a aquellos con tendencia a asumir riesgos sexuales (definidos como los que tienen más de una pareja sexual y rara vez o nunca utilizan anticonceptivos) de aquellos que asumen un bajo nivel de riesgo (definido como los que tienen sólo una pareja sexual y siempre usan métodos anticonceptivos) o los que practican abstinencia sexual (definidos como los que practican la abstinencia y no tienen experiencia sexual).  Las jóvenes que asumían riesgos sexuales, en comparación con las que se encontraban en el grupo de bajo riesgo o entre las que practicaban abstinencia, tenían más probabilidades de:

  • haber sido víctimas de abuso sexual o maltrato físico
  • contemplar la posibilidad de suicidio
  • consumir más alcohol
  • tener calificaciones más bajas en la escuela
  • tener menos control por parte de los padres
  • recibir menos apoyo de los padres
  • no hablar con sus madres sobre el control de la natalidad (las jóvenes sexualmente activas que tenían conductas de bajo riesgo en general habían conversado sobre el control de la natalidad con sus madres a diferencia de las jóvenes que tenían conductas de alto riesgo o eran sexualmente abstinentes o inexperimentadas)

Los grupos de varones en este estudio arrojaron resultados similares.  En comparación con los grupos de varones de conductas de bajo riesgo o los que practicaban abstinencia sexual, o sin experiencia, los jóvenes que asumían riesgos sexuales también referían altos niveles de consumo de alcohol e ideación suicida, tenían más probabilidades de haber sido víctimas de abuso sexual o maltrato físico, de haber recibido menos apoyo o control por parte de los padres y tenían bajas calificaciones en la escuela.  No obstante, a diferencia de los hallazgos en los grupos de jóvenes mujeres, se demostraron las mismas probabilidades (o la falta de probabilidad) de que los padres hayan conversado con ellos sobre el control de la natalidad que en el caso de los varones sexualmente activos con conductas de bajo riesgo.

Los padres pueden reducir en forma directa las conductas sexuales riesgosas de sus hijos hablándoles concreta y abiertamente sobre cómo evitar las relaciones sin protección y prestando atención a sus actividades, al desempeño escolar y al abuso del alcohol.  Los investigadores concluyen, sin embargo, que los adolescentes que asumen conductas de riesgo sexual tienen más probabilidades que otros de tener relaciones problemáticas con sus padres, por lo cual necesitan la ayuda de otros adultos responsables para controlar estas conductas de riesgo (Luster & Small, 1994).

Las mujeres de 17 años o menos cuyas parejas actuales superan su edad en más de tres años, tienen una probabilidad considerablemente menor de utilizar prácticas anticonceptivas que sus pares que tienen parejas de alrededor de la misma edad (Glei, 1999).  Y aunque es pequeña la proporción de mujeres de 15 a 17 años que tiene una pareja de mucho más edad (por ej. más de seis años de diferencia), se trata de un grupo de adolescentes que requiere atención ya que por lo general no utilizan anticonceptivos y tienen una alta tasa de embarazos y nacimientos (Darroch et al., 1999).

Los adolescentes que viven en hogares con ambos padres y sienten un vínculo estrecho con ellos y con sus escuelas, son los que tienen menores probabilidades de involucrarse en conductas riesgosas y también tienden a demorar su iniciación sexual.  Se ha establecido una relación entre la actividad sexual de alto riesgo y las ausencias escolares injustificadas, salidas hasta tarde sin permiso, hurtos y abandono del hogar (Schuster et al., 1996; Lammers et al., 2000).

Una encuesta a estudiantes en sectores urbanos, que estaban en el nivel de grado que les correspondía por su edad, demostró que 19% de los alumnos de 6° grado, 45% de 8° grado y 60% de 10° grado habían tenido relaciones sexuales.  No obstante, al comparar estos datos con el caso de los alumnos que estaban en el mismo distrito escolar pero se encontraban en un grado inferior al que les correspondía, las tasas eran significativamente más altas: 44% de los alumnos de 6° grado, 60% de 8° grado y 80° de 10° grado habían tenido relaciones sexuales (Barone et al., 1996).

En todo el país, en el período 1992–93, sólo 45,4% de los estudiantes de 14 a 19 años de edad que estaban dentro del sistema escolar habían tenido relaciones sexuales.  En comparación, no obstante, 70,1% de los adolescentes del mismo grupo etario que estaban “fuera del sistema escolar” habían tenido relaciones sexuales (los adolescentes “fuera del sistema escolar” eran los que no estaban asistiendo a la escuela y no se habían graduado de la escuela secundaria ni habían obtenido certificados de cursos de Educación General al momento de la entrevista).  Además, los adolescentes que estaban fuera del sistema escolar tenían muchas más probabilidades de haber tenido cuatro o más parejas sexuales que los que estaban dentro del sistema escolar (36,4% versus 14,0%) (CDC, 1994).

También se puede asociar la orientación sexual con conductas de riesgo para la salud, frecuentemente relacionadas con la violencia y la homofobia de la que son objeto los jóvenes homosexuales o bisexuales.  En 1995, un estudio llevado a cabo en Massachusetts entre alumnos de 9° a 12° grado, determinó que los entrevistados homosexuales y bisexuales tenían mayores probabilidades que sus pares de haber sido amenazados con un arma de fuego en la escuela, de que les hubieran dañado objetos de su propiedad en la escuela, de haber participado en peleas y de haber asumido diversos riesgos para la salud o conductas problemáticas, incluyendo ideación suicida e intentos de suicido, el uso de múltiples sustancias y conductas sexuales de riesgo.  También tenían más probabilidades de haber comenzado a tener conductas de riesgo a edades más tempranas que sus pares (Garofalo et al., 1998).

Los profesionales que prestan servicios de salud reproductiva no deberían asumir que sus clientes adolescentes embarazadas son heterosexuales ni que las adolescentes que se identifican como lesbianas, bisexuales o inseguras de su orientación sexual no necesitan servicios de control de la natalidad o intervenciones para prevenir el abuso sexual o el maltrato físico.  Un estudio llevado a cabo en Minnesota en 1987 demostró que las jóvenes adolescentes que son lesbianas o bisexuales tienen aproximadamente la misma probabilidad de tener relaciones sexuales heterosexuales que las jóvenes que se definen como heterosexuales.  Además, tienen una incidencia significativamente mayor de embarazos, abuso físico o sexual y prostitución que las jóvenes heterosexuales o las que están inseguras respecto de su orientación sexual (Saewyc et al., 1999).

Una de las explicaciones más frecuentes de la conducta de alto riesgo entre los adolescentes es que subestiman o ignoran la probabilidad de malos resultados porque se consideran exentos de ese riesgo.  Esto puede ser cierto, pero el sentimiento de ser invulnerables puede deberse no tanto a su propia determinación sino a problemas de maduración en el procesamiento cognitivo (Strasburger & Brown, 1998).  Estudios recientes indican que los adolescentes se sienten más vulnerables que los alumnos universitarios o los adultos.  Un estudio concluyó que las percepciones expresadas de vulnerabilidad personal eran mayores en los adolescentes que en los adultos, en efecto, los adolescentes frecuentemente consideraban que tenían un mayor riesgo.  Estos resultados indican que la sociedad se equivoca cuando atribuye las conductas de alto riesgo de los adolescentes exclusivamente a la etapa evolutiva.  Al hacerlo, los padres corren el riesgo constante de no prestar atención a otras causas más importantes que dan lugar a dichas conductas y, por lo tanto, no hacer nada para prevenirlas (Quadrel et al., 1993).

Influencias culturales sobre la conducta sexual de los adolescentes

Las políticas o normas públicas y las leyes regulan algunas conductas sexuales, las religiones describen lo que consideran conductas aceptables o inaceptables sobre la base de sus principios y las instituciones sociales, desde las escuelas hasta los medios comunican mensajes sobre el sexo, el género y las relaciones.  En esta combinación cultural de mensajes e influencias frecuentemente contradictorias, los jóvenes necesitan información precisa, acceso a los servicios y orientación por parte de los adultos en quienes confían.

Las creencias y prácticas religiosas de las familias, los amigos y los pares, y los roles culturales de género influyen en la conducta sexual de los adolescentes.

Religión

La sexualidad de los adolescentes y su participación religiosa tienen influencia recíproca. Los estudios generalmente han demostrado que los adolescentes que valoran la religión y que asisten con frecuencia a servicios religiosos tienen actitudes menos permisivas hacia el sexo prematrimonial y son menos experimentados sexualmente.  También se ha demostrado que los adolescentes que tienen actitudes permisivas hacia el sexo prematrimonial asisten menos a los servicios religiosos (Thornton and Camburn, 1989).  En efecto, las mujeres sexualmente experimentadas que asistían a servicios religiosos cuando eran adolescentes, tienen menos probabilidades que las que no asistían a servicios religiosos cuando eran adolescentes de tener múltiples parejas sexuales durante la adultez (Seidman et al., 1994).  Pero, si bien la asistencia a los servicios religiosos es un factor importante  para determinar la postergación del inicio en la actividad sexual, puede serlo sólo cuando el grupo de amigos concurre a la misma iglesia (Mott et al., 1996).

La práctica religiosa, sin embargo, no representa una barrera absoluta para la actividad sexual de los adolescentes.  Una encuesta llevada a cabo en 1987 a 1.438 adolescentes miembros de ocho denominaciones evangélicas demostró que a los 18 años 43% había tenido relaciones sexuales y 65% había participado de alguna forma en juegos sexuales (coito o caricias de pechos o genitales) (AGI, 1988).

Relaciones con los pares

Gran parte de la influencia de los pares es de naturaleza positiva. En el caso de las mujeres, por cada aumento de 1% en la cantidad de amigas que tienen un bajo riesgo de embarazo, disminuye su propio riesgo de embarazo en 1%.  Los adolescentes frecuentemente hacen un balance de las influencias contradictorias de sus pares, mientras un amigo puede presionar para participar de un juego que implica beber en una fiesta, por ejemplo, otro amigo puede simultáneamente influir para abandonar la fiesta antes de que se pierda el control (Bearman et al., 1999).

Los adolescentes, como la mayoría de las personas, normalmente eligen como mejores amigos a jóvenes que se les parecen.  No obstante, también son influenciados por pares a quienes admiran o con quienes quisieran desarrollar nexos más fuertes.  Esto indica que pueden mostrarse más inclinados a cambiar su conducta para adaptarse a un nuevo grupo que para mantener una amistad (Bearman et al., 1999).

Los indicios muestran que la mayoría de los adolescentes no sienten presión para tener relaciones sexuales antes de estar preparados.  En una encuesta de 1988, aproximadamente 25% de los jóvenes de 13a 17 años dijeron que se habían sentido presionados por sus pares para iniciarse sexualmente.  De este grupo, las mujeres mostraron una inclinación levemente mayor que los varones a sentir este tipo de presión (AGI, 1994).  No obstante, las asociaciones de pares pueden ser el mayor barómetro de la frecuencia de relaciones sexuales en los adolescentes.  Los jóvenes que se resisten a involucrarse en actividades sexuales tienden a tener amigos abstinentes.  También tienden a tener creencias personales más profundas sobre la abstinencia y la percepción de reacciones negativas por parte de los padres.  Los jóvenes sexualmente activos tienden a creer que la mayoría de sus amigos son sexualmente activos también, que las gratificaciones compensan los riesgos de la actividad sexual, que el sexo en general es gratificante y que está bien que los adolescentes de más de 16 años tengan relaciones sexuales (DiBlasio & Benda, 1990).  En los últimos años de la adolescencia, los estudiantes universitarios varones dicen sentir más presión por parte de sus pares para ser sexualmente activos, en tanto las mujeres dicen sentir más presión de sus parejas (Guggino & Ponzetti, 1997).

Ideología de la masculinidad

"Ideología de la masculinidad" se refiere a las creencias sobre la importancia que tiene para los hombres cumplir con las normas culturalmente definidas de conducta masculina. Algunas de estas creencias tradicionalmente incorporadas son:

  • los hombres están siempre dispuestos para el sexo
  • los varones no deben comportarse como mujeres
  • un joven debe ser físicamente robusto aun si no es muy corpulento
  • los hombres siempre merecen el respeto de su mujer e hijos

Los varones sexualmente activos de 15 a 19 años que nunca se casaron y profesan esos valores tradicionales, en comparación con aquellos que profesan valores menos tradicionales:

  • ven las relaciones entre mujeres y hombres más como relaciones entre adversarios
  • tienen una mayor cantidad de parejas sexuales pero usan condón con menos constancia
  • tienen la percepción negativa de que el condón reduce su placer sexual
  • les preocupa menos si la pareja quiere que usen condón
  • creen menos en la responsabilidad del hombre para prevenir el embarazo
  • es más probable que crean que embarazar a una mujer es una forma de validar su masculinidad

Las consecuencias para la salud pública de las actitudes y creencias sobre la ideología de la masculinidad son inquietantes, al igual que para los jóvenes que las mantienen, ya que les causarán dificultades para establecer relaciones de confianza e intimidad con sus parejas sexuales (Pleck et al., 1993).

Hiperfeminidad

Tanto en las mujeres como en los hombres, los roles de género tradicionales y estereotipados están asociados con un mayor riesgo de involucrarse en conductas de agresión sexual (McKelvie & Gold, 1994).  Los hombres hipermasculinos, o "machos," que están de acuerdo sin cuestionamientos con la ideología de la masculinidad, tienen más probabilidades de involucrarse en conductas de coerción sexual y mayores probabilidades hipotéticas de violar a una mujer en el futuro (Murnen & Byrne, 1991).  Los investigadores han definido a la "hiperfeminidad" como una adhesión exagerada a un rol de género femenino estereotipado y han encontrado que las mujeres que tienen niveles más altos de hiperfeminidad, a diferencia de las mujeres que no exhiben este rasgo o lo exhiben en menor medida:

  • aceptan más las conductas sexuales en las que ambos sexos se comportan como adversarios entre sí
  • se culpan a sí mismas cuando experimentan coerción sexual
  • es más probable que crean que para las mujeres el casamiento es más importante que una carrera profesional y consideran con más frecuencia que lo importante es que el marido potencial tenga éxito económico y un trabajo prestigioso que tenerlo ellas mismas
  • tienen más probabilidades de justificar la coerción sexual cuando el hombre en juego tiene una posición prestigiosa y como tal resulta más deseable para la relación
  • tienen más probabilidades de sufrir de síntomas psicológicos como alienación social o autoalienación, sentimientos de inferioridad, ansiedad y falta de confianza para expresar sus propias opiniones
  • tienen actitudes más negativas hacia otras mujeres
  • tienen actitudes más tradicionales hacia la familia

Algunos autores que han estudiado la hiperfeminidad sostienen que puede reflejar más la depresión y baja autoestima de la mujer que la adherencia extrema al rol de género.  Otros señalan lo obvio: que la estructura social que sostiene un desequilibrio de poder entre el hombre y la mujer debe cambiar para que la igualdad en las relaciones heterosexuales pueda ser la norma.  A pesar de la segunda ola de feminismo, esto aún no se ha logrado.  Finalmente, lejos de culpar a las mujeres hiperfemeninas por su posible mayor riesgo de victimización sexual, los investigadores señalan que este tipo de mujeres se involucran en experiencias sexuales consensuales con mayor frecuencia que las mujeres que exhiben un bajo nivel de hiperfeminidad, y también tienen más probabilidades de salir con hombres hipermasculinos, factores que aumentan la probabilidad de tener una experiencia de coerción sexual (McKelvie & Gold, 1994; Murnen & Byrne, 1991).  Claramente, las mujeres adolescentes hiperfemeninas pueden no contar con los mecanismos de defensa para evitar estas consecuencias negativas; en efecto, los estudios indican que las conductas hiperfemeninas y sus consecuencias se ven reforzadas durante los años adolescentes de la mujer, durante la etapa de los 20 años y a principio de la etapa de los 30 (McKelvie & Gold, 1994).

Otras identidades de género

Transexuales son las personas cuyas identidades de género o expresiones difieren de la expectativas de la sociedad en cuanto a  lo que significa ser varón o mujer.  Los transexuales son las personas cuya identidad de género, es decir su percepción de si mismos como varones o mujeres, está en conflicto con su sexo anatómico.  Para solucionar este conflicto, los transexuales pueden vivir todo el tiempo o parte del tiempo como personas del género auto definido (Hirschfeld, 2000).

En una sociedad como la nuestra, que valora mucho a los hombres "machos" y a las mujeres "femeninas" y castiga las conductas sensibles en los hombres y la agresividad en las mujeres, la transexualidad ha sido estigmatizada y castigada (Bullough, 1994).  Miles de jóvenes saben cuando ingresan a la escuela que su propio sentido de género es contrario a la forma en que se espera que expresen su género al mundo exterior.  Por doloroso que resulte este conflicto interno, este proceso implica frecuentemente la amenaza de peligro externo, la violencia dirigida hacia ellos por su expresión de género y es lo que pone en peligro las vidas de los jóvenes transexuales (Hirschfeld, 2000).

Las limitaciones de una sociedad constituida sobre la base de estrechas definiciones de género hace difícil que los jóvenes transexuales se desarrollen libremente como seres humanos.  Del mismo modo que los administradores y educadores tienen la responsabilidad de construir escuelas seguras en las que se respete a todos, nosotros, como sociedad, tenemos la obligación de impulsar no sólo una reforma legal para prevenir la discriminación de los jóvenes transexuales, sino también la idea de que la educación debería generar conciencia sobre las necesidades de estos jóvenes (Hirschfeld, 2000).

Relación entre padres y adolescentes y comunicación

Los padres son los principales y los más importantes educadores de sus hijos respecto de la sexualidad.  Proporcionar a los hijos educación sexual es una de las responsabilidades más importantes de la paternidad.  La mayoría de los jóvenes prefiere aprender de sus propios padres acerca de la sexualidad.  Bien o mal, los padres influencian las actitudes de sus hijos y les brindan la educación básica sobre sexualidad.  Con mucha frecuencia, sin embargo, los padres dudan de hablar con sus hijos directamente sobre el tema.  Puede resultar incómodo iniciar la conversación y algunos padres necesitan ayuda para saber lo que deben decir.  Algunos consideran erróneamente que se puede llegar a dar mucha información demasiado pronto, lo que puede ser perjudicial.  La realidad es que no se puede dañar a los hijos por darles información correcta sobre la sexualidad y no se puede llegar a decir demasiado o muy pronto.  El silencio y la evasión dan a los hijos el mensaje de que no deberían recurrir a los padres para recibir información sobre la sexualidad.

La calidad de la relación entre padres y adolescentes, el grado de franqueza de los padres y la comodidad con la que se refieren al sexo y a los temas relacionados con el sexo no se puede subestimar en términos de la influencia que tienen sobre los valores y conductas sexuales de los adolescentes.  Las cualidades que conducen a una relación y comunicación exitosa entre padres y adolescentes son:

  • franqueza
  • comodidad de los padres con los temas
  • comenzar a hablar de sexualidad a edades tempranas
  • mensajes positivos
  • fijación de límites por parte de los padres
  • acercamiento entre hijos y padres
  • flexibilidad
  • falta de estrés
  • niveles satisfactorios de intimidad

Los adolescentes quieren poder hablar con sus padres sobre el sexo más de lo que lo hacen y consideran que sus padres pueden darles información que les resultaría muy valiosa.  Sin embargo, un tercio de las mujeres de 15 años manifestó que ninguno de sus padres les había dicho cómo se produce el embarazo y la mitad dijo no haber recibido información sobre las infecciones de transmisión sexual o sobre el control de la natalidad por parte de sus padres (AGI, 1994; Bennett & Dickinson, 1980; Hutchinson & Cooney, 1998).  Sólo 16% de las jóvenes mujeres y 10% de los varones cita a sus padres como la fuente primaria de conocimiento sobre la sexualidad (Ansuini et al., 1996).  Aunque los padres generalmente consideran que han proporcionado educación sexual a sus hijos (King & Lorusso, 1997), la mayoría de los jóvenes comienzan a recibir información sobre el sexo por parte de sus amigos, hermanos, maestros o de los medios más que de los padres (AGI, 1994; Ansuini et al., 1996).

Aun a medida que los jóvenes avanzan en edad, la comunicación con los padres sobre el sexo no mejora en forma notoria (AGI, 1994).  El resultado es que muchos adolescentes no saben lo que sus padres creen o sienten sobre las cuestiones relacionadas con el sexo.  Cuando hay comunicación, en muchos casos es iniciada por el hijo más que por los padres (Rosenthal et al., 1998), y los adolescentes y los padres frecuentemente tienen puntos de vista contradictorios respecto de las conversaciones que han tenido sobre el sexo (Newcomer & Udry, 1985b).  O bien puede ocurrir que la información proporcionada por los padres sea limitada, que haya consistido principalmente en mensajes negativos no verbales o en el uso frecuente de advertencias y normas más que en una charla abierta (Brock & Jennings, 1993).

Hablar con los adolescentes sobre sexo no los induce a tener relaciones sexuales más temprano o más frecuentemente.  Aunque muchos padres temen que las conversaciones alienten a la experimentación sexual, ocurre todo lo contrario, la comunicación con los padres a una edad temprana sobre temas relacionados con el sexo permite a los hijos hablar sobre sexo y hacer más preguntas y está asociada con una demora en el inicio de la actividad sexual.  Cuando los adolescentes se inician en la vida sexual, aquellos que han hablado sobre la sexualidad y sobre los riesgos del sexo con sus padres tienen:

  • más probabilidades de hablar con sus parejas sobre los riesgos relacionados con la salud sexual
  • más probabilidades de usar condón
  • menos probabilidades de tener múltiples parejas sexuales

Estas opciones responsables son aun más probables si los padres han sido abiertos en su comunicación y en sus charlas.  El grado de influencia que tienen los padres en este sentido depende en gran medida de lo que dicen y de cómo lo dicen (Holtzman & Rubinson, 1995; Hutchinson & Cooney, 1998; Inazu & Fox, 1980; Ringel, 1999; Whitaker et al., 1999).

Las conversaciones sobre conducta sexual entre las adolescentes y sus madres tienen un gran efecto sobre las actitudes sexuales cuando están en 9° y 10° grado.  Hacia fines de la escuela secundaria, y más especialmente en los primeros años de universidad, la aprobación de los pares adquiere más influencia que la comunicación con los padres (Treboux & Busch-Rossnagel, 1995).

Cuanta más satisfacción sienten los adolescentes respecto de la relación madre-hijo, menos probabilidades tienen de ser sexualmente experimentados.  Cuanta más desaprobación respecto del sexo prematrimonial perciben por parte de sus madres, menos probabilidades tienen de tener relaciones sexuales, y si ya son sexualmente activos, lo harán con menos frecuencia y utilizarán métodos anticonceptivos en forma más constante (Inazu & Fox, 1980, p. 98; Jaccard et al., 1996).  En comparación con los jóvenes cuya relación con su madre es distante, los que tienen una relación cercana con su madre tienen mayor probabilidad de tener actitudes y conductas que se condicen con las actitudes de su madre (Weinstein & Thornton, 1989).

La capacidad de un adolescente de hablar con sus padres sobre temas tales como el control de la natalidad, la responsabilidad sexual, los sentimientos positivos y negativos sobre el sexo y el significado del sexo y el amor en las relaciones íntimas, está fuertemente relacionada con su percepción respecto de la capacidad de sus padres de tener una comunicación abierta y de cuán abierto, flexible y adaptable a los cambios es el contexto familiar (Papini et al., 1988).

La calidad de la comunicación entre padres y adolescentes acerca de las cuestiones relacionadas con el sexo ha sido medida en los siguientes términos:

  • cuán cómodo se siente el adolescente para acercarse a los padres con preguntas o inquietudes relacionadas con el sexo
  • en qué medida el adolescente teme que sus padres piensen que porque está haciendo esas preguntas puede estar interesado en experimentar con el sexo
  • en qué medida el adolescente siente que los padres retendrán información cuando plantee este tipo de preguntas
  • en qué medida el adolescente siente que los padres entenderán y se interesarán por sus sentimientos cuando hablen sobre el sexo

Este estudio determinó que aunque la calidad de la comunicación entre los padres y los adolescentes puede no afectar las conductas sexuales de los adolescentes en forma directa, sí afecta sus valores sexuales e intenciones y por lo tanto tiene por lo menos un efecto indirecto sobre las conductas sexuales (Miller et al., 1998).

Las malas relaciones entre padres e hijos están asociadas con la depresión en los adolescentes.  En los jóvenes varones esto puede significar un uso más frecuente de alcohol, lo que está fuertemente ligado con la actividad sexual prematura.  En las mujeres, la alienación en el hogar las lleva frecuentemente a tratar de crear relaciones de intimidad fuera de la familia a fin de experimentar la calidez y el apoyo que les falta en su hogar.  Los desacuerdos con los padres que persisten o aumentan en intensidad son fuentes de estrés en la vida de los adolescentes que con el tiempo aumentan el riesgo de que ocurran trastornos de depresión o ansiedad (Rueter et al., 1999; Whitbeck et al., 1992).

Educación sexual

La educación sexual tiene lugar en muchos contextos.  Un lugar importante es la escuela.  Si bien hay desacuerdo respecto de los resultados buscados, la mayor parte de los profesionales concuerdan en que tiene un valor intrínseco al ayudar a los jóvenes a adquirir información y habilidades que contribuyen a la probabilidad de que lleguen a ser adultos sexualmente saludables.  Al igual que la mayor parte de la educación, la educación sexual brinda información, permite adquirir habilidades tales como el pensamiento crítico y la toma de decisiones y crea un entorno para el debate, la clarificación de valores y el intercambio de ideas.

La educación sexual responsable y médicamente correcta ayuda a los jóvenes a tomar decisiones responsables sobre su salud sexual y reproductiva, lo cual cuenta con el respaldo de la mayoría de los norteamericanos (SIECUS, 1999).

Una minoría de personas influyentes promueven un tipo de educación no realista basada exclusivamente en la abstinencia y la necesidad de contar con la participación de los padres para obtener medios de anticoncepción, lo que significa una barrera para los adolescentes norteamericanos para obtener información cierta y acceso a los servicios de planificación familiar de modo de prevenir los embarazos en forma confidencial.  No obstante, aun las personas que están a favor de la participación de los padres y los programas basados exclusivamente en la abstinencia reconocen los peligros que estas medidas implican.  Por ejemplo, en un debate llevado a cabo en 1998 sobre la posibilidad de exigir la autorización de los padres para que los adolescentes usen las clínicas financiadas por Title X para obtener servicios de anticoncepción, el diputado Tom Coburn (R-OK), que se opone radicalmente a la planificación familiar, admitió que “si exigimos la leyenda [notificación a los padres], más jóvenes quedarán embarazadas [y] algunas contraerán enfermedades de transmisión sexual", porque dejarán de recurrir a estos servicios si no se les garantiza la confidencialidad (Saul, 1999)